Desde hace un año, el comedor de su hogar en Río Tercero, Córdoba, se convierte tres veces a la semana —los lunes, miércoles y viernes— en un aula. Este espacio, que durante años fue el centro de su vida familiar, ahora se llena de horas de aprendizaje que parecían inalcanzables. “Siempre quiero aprender”, afirma emocionada, revelando un deseo que mantuvo oculto por mucho tiempo.
Durante años, Julia contempló los cuadernos desde una distancia forzada. Observó a sus hermanos aprender en Villa Ascasubi, mientras ella se quedaba en casa o trabajaba en otros hogares. Luego, simuló saber leer para apoyar a sus cinco hijos en sus tareas, evitando que se desalentaran con los estudios, mientras ocultaba su propia incapacidad. Su sueño personal quedó rezagado ante las exigencias de una vida que nunca le dio tregua.
Cuidó a un esposo enfermo, crió a su familia y enfrentó el dolor de perder a tres de sus hijos y a un nieto. A lo largo de su vida, siempre había alguien que requería su atención antes que ella misma. Pero un día, frente a la soledad que traen los años, decidió que había llegado su momento.
Si bien no recuerda la fecha exacta, en junio de 2025, tras una reunión vecinal, Julia —nacida el 13 de septiembre de 1935— comenzó a reflexionar repetidamente sobre una posibilidad que había sido un sueño lejano. “Me preguntaba cómo sería aprender y hablar con el maestro para que me ayudara”, recuerda. Al despertar, reunió el valor necesario, caminó hasta la casa de Suaya, un vecino cercano, y le tocó el timbre.
“Maestro, quiero hablar con usted”, le indicó en cuanto lo vio. Así, le relató su historia y formuló una petición sencilla pero profundamente significativa: “¿Puede ayudarme a leer y escribir?”. Para Julia, ese deseo no solo significaba aprender letras, sino abrir una puerta que había estado cerrada toda su vida.
Guillermo evoca ese momento con emoción. “Me emocionó, porque he trabajado toda mi vida con niños y que una persona de su edad tenga ese coraje y esas ganas de superarse fue muy conmovedor. Le dije que sí de inmediato: ‘¿Cómo no voy a querer?’, le respondí”, comenta el maestro.
Días después, comenzaron las clases. El comedor de Julia adquirió una nueva rutina, y durante una hora, tres veces por semana, los cuadernos y lápices llenaron un espacio que había pertenecido a otros momentos de su vida. “Vengo, le doy la clase, trabajamos, charlamos sobre la vida, le dejo tarea y leemos”, describe Suaya la dinámica.
El progreso de Julia sorprende al maestro. Cada logro, por pequeño que sea, tiene un significado enorme. “Me leyó el diario. La diferencia del año pasado a ahora es notable”, expresa Guillermo orgulloso. Poder leer una noticia por sí misma representa un avance significativo para alguien que había estado siempre al margen.
Para Julia, cada encuentro es una victoria personal. “No me pesa estar sola ni ser mayor. La visita del maestro y la tarea que me deja me dan fortaleza porque siempre sentí que había algo faltante. Cada vez que logro entender o aprender algo nuevo, siento una gran alegría que me llena el corazón”, confiesa.
La conexión de Julia con los cuadernos comenzó mucho antes de sus lecciones con Guillermo. En su infancia en Villa Ascasubi, observó cómo sus hermanos aprendían mientras quedaba excluida. En la Argentina rural de la década de 1940, era común que niños y niñas comenzaran a trabajar desde pequeños para ayudar en el hogar. Para Julia, la infancia estuvo más ligada a las responsabilidades que al aprendizaje.
“En mi casa éramos muchos y salíamos a trabajar: hacíamos mandados, juntábamos agua, ayudábamos en todo lo que podíamos”, rememora. Posteriormente, trabajó en el hogar de otras personas. No evoca esos años con resentimiento, sino con gratitud hacia quienes la acogieron. “Siempre me trataron bien. Hacía lo que podía y nadie me obligaba. Todo eso fue valioso”, reflexiona, reconociendo la importancia de esa experiencia como parte de su formación.
Más tarde, cuando formó su propia familia, Julia tomó una determinación: sus hijos no carecerían de la educación que ella no tuvo. Se esforzó para que asistieran a la escuela y los acompañó en sus tareas, manteniendo en secreto su analfabetismo. “Les decía: ‘Vamos a hacer la tarea’, pero ellos no sabían que no sabía leer ni escribir. Fue así hasta que, de adultos, se enteraron”, relata. Nunca sintió vergüenza al respecto, simplemente entendió que hizo lo mejor que pudo con lo que tenía.
A lo largo de las décadas, Julia priorizó las necesidades ajenas. Cuidó a un esposo enfermo, crió a sus hijos y soportó la muerte de tres de ellos, un nieto y su compañero de vida. Sin embargo, eligió seguir adelante. “No me pienso quedar a llorar mi pena. Sé que eso solo puede arruinarme”, asegura.
Por ello, se mantiene activa: teje, hace manualidades, prepara mermeladas y cuida su hogar con dedicación. Su salud y vitalidad son admirables. “No tomo medicamentos. Realizo las tareas del hogar, cocino, limpio. Si hace frío, me quedo adentro y tejo. Si hay sol, salgo. Siempre busco hacer algo”, dice. Tras una vida en la que las necesidades de otros primaron, finalmente se pregunta qué desea para sí misma.
Cada clase con Guillermo se transformó en un pequeño festejo. Escribe palabras, practica letras y se maravilla con cada avance. “Siento que todo lo que he aprendido me sirve. Me beneficio yo”, asegura.
Entre sus logros, hay pequeños triunfos que para otros podrían ser insignificantes, pero que para ella tienen un enorme valor. Para el Día del Amigo, Guillermo le pidió que hiciera una lista de sus amigos, y Julia escribió primero “Alicia”, su hermana. “Nos llevamos muy bien. Vine a visitarla y ella a mí. Con mis hermanos somos muy unidos”, relata. Escribir los nombres de sus hermanos, leer el diario y enfrentarse a una hoja en blanco sin temor son logros significativos en su día a día. “Ahora soy feliz. No tengo vergüenza por mi edad. Eso me molesta”, confiesa.
Su historia también ha cambiado la percepción de quienes la rodean. Su familia, que durante años desconoció este aspecto de su pasado, ahora la acompaña con orgullo en este nuevo capítulo y la apoya incondicionalmente. Guillermo siente que el aprendizaje ha sido recíproco. Como docente, ha encontrado en Julia una alumna distinta, pero con la misma curiosidad que cualquier estudiante. “Uno empieza a notar el progreso de sus alumnos. Julia ha avanzado enormemente. Es un ejemplo extraordinario de vida, cuidando su salud, su mente y siempre deseando superarse”, manifiesta, añadiendo que a ella le encanta llenar su cuaderno de colores porque considera que sin ellos, el aprendizaje es aburrido.
La historia de Julia ya no se limita a su casa. Guillermo decidió incluirla en la presentación de su tercer libro y la invitó a acompañarlo. Al relatar cómo una mujer de 90 años pidió su ayuda para aprender a leer y escribir, el auditorio estalló en aplausos. “La gente se puso de pie y la ovacionó. Fue un gran orgullo y una emoción enorme, reflejando el ejemplo de vida que ella representa”, recuerda.
Pero Julia no se detiene y sigue buscando nuevos desafíos. Desea aprender costura, continuar con las manualidades y descubrir todo lo que aún puede aprender. Por ahora, cada lunes, miércoles y viernes, a las diez de la mañana, abre nuevamente su cuaderno y espera a su maestro. Después de una vida en la que siempre priorizó a otros, cada palabra que aprende tiene ahora un destinatario especial: Julia.























