La memoria falla y no es momento de ponerse a buscar, pero me quedo con esta frase: “No me importa qué hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. El mérito es de quien encontró semejante ingenio para definir a Maradona, que se fue demasiado pronto y hoy no puede celebrar. Lo consolamos, dondequiera que ande vagando por el universo, porque de un modo u otro hizo que nuestras vidas, las de todos, fueran distintas.
Claudia, Dalma, Giannina, sus hijos y sus nietos, repartidos por el mundo, seguramente lo tendrán muy presente. Sufrirán más que nadie y sentirán con dolor la presencia de su ausencia. Una ausencia increíble que todavía recorre los pasillos de Tribunales. Una voz que falta en este siglo de secanucas, de un fútbol distinto del que él regaló y de una inteligencia artificial capaz de cualquier cosa. Qué pena enorme.
Sería una jornada de caravana permanente, con homenajes repetidos en los programas de panelistas y saludos protocolares de la FIFA, la Conmebol, la AFA y todos aquellos que no se perdonarían quedar afuera del festejo. Si antes vivieron pendientes de sus botines, ahora están pendientes de su memoria. Una memoria indestructible.
El tiempo pasa. Llegan nuevas generaciones que no vieron sus proezas en la cancha ni sus decisiones de película: algunas trágicas, otras graciosas y muchas discutibles. Todas auténticas. Los chicos escucharán a los mayores recordar que hoy Diego cumpliría años y preguntarán:
—Abu, ¿cómo jugaba Maradona?
—¿Que cómo jugaba? Como nadie, nene, como nadie.
—¿Y por qué todo el mundo habla de él?
—Porque fue como el aire o el agua: imprescindible.
Qué lástima. Desde hace seis años, el aire está viciado y el agua escasea.
Debe de haber misas paganas en Nápoles. Tal vez le dediquen una mención burocrática en Barcelona, con la elegancia propia de los catalanes. En la Argentina habrá un saludo respetuoso y en Fiorito, una de esas “atroces ciudadelas, sucias y derramadas” que describió González Tuñón, los corazones estarán agitados.
¿Cómo serían los cumpleaños de Diego cuando era chico? Cumpleaños de pobre: mate cocido y pan duro, quizá algún dulce que vaya a saber uno cómo conseguía la Tota. Después, a toda velocidad, rumbo al potrero, al baldío irregular que era el salón de fiestas del Pelusa y de los pibes del barrio olvidado.
La vida, Dios y el propio Diego nos quitaron seis años de Maradona, y contando. Pero igual se los celebramos, como se hace con los inmortales. Dicen por ahí, con lógica maledicente, que Diego no está porque se murió. ¿Qué sabe la gente?
¡Salud, campeón! Felices 66 años. Y por cien más. Por mil más. Hasta que el olvido vaya a buscar la pelota adentro del arco.























