El día en que Argentina debutaba contra Argelia, mientras la nación se preparaba frente al televisor, decidí salir a la calle. Primero, saqué a pasear a mi perro, que, al igual que yo, no muestra interés por el fútbol. Las calles estaban inusualmente vacías, pero pronto comencé a escuchar los gritos provenientes de diferentes hogares. La alegría se sentía en el aire, ya que en cada casa la televisión estaba encendida, y los comentarios y los festejos salían a borbotones por las ventanas. Era como si el partido se jugara en la propia vereda.
Me fascina la idea de explorar Buenos Aires sin multitudes, como si la ciudad se transformara en un set de filmación en un día de ensayos.
Al pasar por una entrada de subte, me pregunté si habría pasajeros abajo. Decidí subir y encontré sólo cinco personas en el vagón. Hice una rápida encuesta: dos de ellos no estaban interesados en el partido y las otras tres lo seguirían, pero tenían que trabajar, porque la vida no se detiene, incluso cuando juega Messi.
Al descender en Carlos Pellegrini, me encontré con un Obelisco casi desierto.
De repente, escuché otro grito. ¡Gol! Entré a una pizzería para confirmar lo que había escuchado. La gente allí mostraba gran felicidad. A uno de los mozos le escuché decir que Messi había marcado el segundo. ¿Qué más se puede pedir de este chico? “Entrá, quedate”, me decían, como si fuera imposible escapar de la contagiosa fiebre mundialista.
Decidí aprovechar la noche de alguna manera. Recordé una tradicional heladería que nunca visito por las interminables colas. Esta vez, no había espera: solo los cuatro heladeros dentro. Me disculpé mientras ordenaba, aprovechando la oportunidad. Justo cuando esperaban mi helado, Messi anotó el tercer gol.
No soy aficionada al fútbol, pero sí disfruto del helado, y gracias al Mundial, terminé la noche de la mejor forma posible.
Han pasado algunos días y aquí estoy nuevamente, a la espera de otro partido: Austria, a las 2 de la tarde. Les confieso que me enteré gracias a una nota del colegio que decía que “los chicos pueden salir antes para verlo en sus casas”. ¿Perdón? Lo he aceptado: durante el Mundial, las normas cambian, nos guste o no. Pronto les contaré mis planes para esa jornada. Saludos.























