“¡Delpooo! ¡Delpooo! ¡Olééé, olé, olé, olééé! ¡Delpooo! ¡Delpooo!”, resonó en un estadio festivo, casi como en el Sambódromo. La celebración de Del Potro se basaba en razones que iban más allá del deporte. Apenas un año atrás, se encontraba postrado en una cama, sumido en la desmotivación y considerando dejar el tenis tras no encontrar solución a su afectada muñeca izquierda. El gigante gentil ya estaba agotado de entrar a los quirófanos. Sin embargo, el tenis, su destino o la vida tenían preparada otra historia para él, quien había convertido la resiliencia en un arte.
“Ni en los mejores sueños imaginé esto”, aseguró en Río de Janeiro, tras haber derrotado a Nadal. Después de perderse casi toda la temporada 2010 por una lesión en la muñeca derecha, su otra mano lo mantuvo al margen durante 2014 y 2015. Hitos que lo llevaron a tocar fondo, enfrentando temores y confusiones. Hasta que, milagrosamente, recobró la determinación y en 2016 comenzó a competir nuevamente. Regresó al circuito como el ¡1042° en el ranking!, reapareciendo en febrero en Delray Beach, un ATP que siempre le fue favorable. Luego participó en Indian Wells, Miami, Múnich, Madrid, Stuttgart, Queen’s y Wimbledon, cerrando la primera mitad del año con trece triunfos y ocho derrotas.
Al arribar a Río en agosto, para participar nuevamente en los Juegos Olímpicos (había obtenido el bronce en Londres 2012), Del Potro ya ocupaba el puesto 141° del ranking mundial. A pesar de esta notable evolución tanto física como técnica, ni el más optimista se hubiera aventurado a imaginar lo que estaba por ocurrir en los cuatro meses que restaban antes de finalizar el año.
Todo comenzó el 7 de agosto, cuando Juan Martín se enfrentó a… el número 1, Novak Djokovic. O, para ser precisos, el encanto había empezado antes, con el sorteo que determinó el cuadro.
“¿Será mi oponente? ¿En serio? Qué bien…”, se sorprendió Djokovic al enterarse por un periodista, mientras caminaba por la Villa Olímpica que su compatriota argentino sería su rival.
“No me digas… Bueno, les voy a decir a mis amigos que vayan preparando el asado para el lunes a la noche”, comentó Del Potro, manteniendo su humor. El serbio llegaba a Río con gran confianza, después de haber ganado el Masters 1000 canadiense y Roland Garros por primera vez en su carrera. Su presencia intimidaba en el circuito. Hasta ese momento, se habían visto las caras en catorce ocasiones, con solo tres victorias a favor de la Torre de Tandil, una de ellas en el césped de Wimbledon, donde obtuvo el bronce olímpico en 2012.
El 7 de agosto, día de su debut, el comienzo fue complicado para Juan Martín. Un corte de luz lo dejó atrapado en un ascensor de la Villa Olímpica durante 40 minutos, aislado y resignado en el suelo. Solo logró salir cuando los integrantes de la selección argentina de handball notaron su ausencia y forzaron la apertura del elevador.
Tras superar esa situación adversa, se dirigió al estadio para disputar su partido y… todo se alineó para él. En una primera ronda de gran nivel, se impuso por 7-6 (7-4) y 7-6 (7-2), en un encuentro de dos horas y media, en el que desplegó saques de hasta 210 km/h y potentes derechazos. Ambos tenistas se saludaron con afecto, mientras Djokovic se marchaba del estadio entre lágrimas, evidenciando el significado que tenía para él esta competencia: el oro olímpico en singles era el único gran trofeo que le faltaba en su carrera (lo conseguiría en París 2024).
“Me cuesta creer lo que logré. Solo quería que Djokovic no me pasara por encima”, expresó Del Potro, que no contaba con un entrenador ni un preparador físico fijo desde que sus vínculos con Franco Davin y Martiniano Orazi culminaron en julio de 2015. “Es una decepción. Pero como amigo y por todo lo que ha pasado por las lesiones, me alegro por él”, agregó Djokovic.
Después de vencer a Djokovic, Del Potro se deshizo del portugués Joao Sousa (36°), del japonés Taro Daniel (117°), del español Roberto Bautista Agut (17°) y de Nadal (quien ocupaba el 5° lugar) en semifinales. Todo esto en tan solo ocho días: un esfuerzo extraordinario para un cuerpo que había sido tan desgastado. “Los deportistas como él desafían los límites. Las lesiones, muchas veces, son el lenguaje que el cuerpo utiliza para indicar que algo no está funcionando como debe. Logró llevar todo a la armonía, y eso dio resultado”, comentó el kinesiólogo Diego Rodríguez, parte fundamental del equipo del tandilense en ese momento.
La victoria contra Nadal fue un verdadero impacto y evidenciaba su vuelta al más alto nivel. “Ese partido fue uno de los mejores de mi carrera. Y cuando caí al piso, además de la felicidad, sentí un alivio porque estaba en juego una medalla, y recordé Londres 2012, cuando perdí las semifinales con Roger (Federer) después de un enorme esfuerzo [el suizo ganó 3-6, 7-6 (7-5) y 19-17 en un encuentro de 4h26m]. Dije: ‘No puedo quedarme sin medalla tras tal nivel’. No lo hubiera soportado. Fue uno de los momentos que más disfruté”, expresó Del Potro en 2024.
Después del enfrentamiento con Nadal, Del Potro se enfrentó en la final a Andy Murray, quien lo superó por 7-5, 4-6, 6-2 y 7-5, en una batalla que duró cuatro horas. El escocés, que ocupaba el puesto 2 en el mundo, era uno de los más destacados del circuito; pocos meses después alcanzaría el número 1. Completó el podio el japonés Kei Nishikori (7°), que derrotó a Nadal. “En Río, muchos apoyaban a Delpo, pero yo estaba decidido a defender mi medalla de oro ganada en Londres. Hizo un gran partido y estuvo cerca hasta el final”, recordó el británico en 2021. Un mes después, en Glasgow, se enfrentaron nuevamente en las semifinales de la Copa Davis, donde Del Potro se quedó con un épico triunfo (6-4, 5-7, 6-7, 6-3 y 6-4).
Ese Del Potro, además de demostrar un notable amor propio, mostró una adaptación técnica de su juego que fue muy elogiada: al no poder jugar el revés a dos manos debido a las cirugías en su muñeca izquierda, perfeccionó su golpe de slice.
La actuación de Del Potro en Río 2016 tuvo efectos positivos colaterales para el tenis en el país. Las audiencias durante sus partidos alcanzaron promedios muy altos: lo siguieron tanto los aficionados al tenis como aquellos que no tenían experiencia con la raqueta. Esto generó un efecto contagioso, con un aumento de al menos 30% en la demanda de clases de tenis y en el alquiler de canchas.
“Ahora sé que el tenis me estaba esperando”, comentó Del Potro al regresar a Argentina. “Lo que viví en estos días es indescriptible. Cuando creía que no tenía más lágrimas, fuerzas o uñas en los pies, al día siguiente vivía algo incluso mejor y era increíble”, añadió, llegando a Tandil donde fue recibido como un héroe. Diez mil personas llenaron la Plaza Independencia, y el tenista tuvo un momento inolvidable al saludarlos desde el balcón del Palacio Municipal. Casi simultáneamente, el US Open anunció que lo invitaba a participar en el cuadro principal, en pocos días.
A la mañana siguiente a esta efervescencia, Del Potro recibió al autor de este artículo en su casa en las sierras, en un ambiente de calma que solo era interrumpido por el sonido de teros y el ladrido de César, su perro. “Acá se oye el silencio. Y me ayuda a pensar”, describió Del Potro.
Y concluyó, sincero: “Al recordar lo que me costó superar las operaciones y esa frustración de levantarme sin saber qué pasaba con mi mano, con dolores y yendo a distintos médicos, este momento es un sueño. Ya no tengo 20 años [tenía 27]. Mientras buscaba la solución para mi lesión, el físico también lo resentía. Creo que el cariño que siento por el tenis fue lo que me mantuvo en pie. Hubo momentos en que no tenía fuerzas para levantarme de la cama, pero el cariño que recibí me impulsó a hacerlo. Tenía fe en que algún día habría claridad al final del túnel. Hoy disfruto de un presente emocionalmente incomparable a cualquier otro momento de mi vida.” Un año realmente inolvidable… ¿Cómo finalizó para él? Siendo la figura del equipo nacional, bajo la capitanía de Daniel Orsanic, en la histórica consagración de la Copa Davis. Mejor, imposible.























