Arriazu dejó claro su postura: “Hace años defendía la flotación, pero luego comprendí que en Argentina el dólar es la unidad de cuenta. Si se mueve, el resto de los precios también lo hacen”. En su opinión, no resulta necesario promover un salto en el tipo de cambio, ya que “vamos a un tipo de cambio real más bajo en Argentina. El ingreso de dólares aumentará muy fuerte en los próximos años, lo que llevará a un dólar inferior al actual en términos reales”.
Considerado uno de los economistas más influyentes por el presidente Javier Milei, Arriazu también capta la atención de los inversores. Sus observaciones contrastan con las de otros especialistas que han abogado por un ajuste cambiario en días recientes. Entre ellos, Roberto Frenkel, quien sugirió que lo más apropiado para el Gobierno sería permitir un incremento en el tipo de cambio, aunque ello implicara un aumento en la inflación, describiendo el proceso como un “mal trago”. Frenkel, uno de los creadores del Plan Austral en 1985, sostiene que una devaluación fortalecería al sector productivo.
Por su parte, Lucas Llach, ex vicepresidente del Banco Central, también se manifestó a favor de un ajuste en el tipo de cambio, considerándolo razonable en torno a los $1.800 mencionados previamente por el portavoz presidencial Adrián Ravier. “La construcción se beneficiaría considerablemente, porque el costo de la cuota mensual en pesos disminuiría, lo que resulta cada vez más caro en dólares. Esto desincentiva a los inversores a participar en nuevos proyectos”, aseguró en un medio digital.
Miguel Ángel Broda se alineó con este pensamiento, argumentando que aunque la economía podría funcionar de manera más óptima con un dólar más alto, “la obsesión por reducir la inflación impide ese ajuste cambiario”. Además, cuestionó la lógica de que un tipo de cambio bajo cause el cierre de empresas.
Las proyecciones de Arriazu, que indica un superávit comercial cercano a los USD 30.000 millones, destacan por ser las más optimistas entre los analistas del mercado. El consenso general estima alrededor de USD 21.000 millones. Sin embargo, la excelente cosecha de este año junto con los altos precios de la energía han llevado a Arriazu a ajustar significativamente esos números.
En este panorama favorable, el Banco Central dispone de un considerable margen para continuar adquiriendo dólares. Hasta la fecha, ha conseguido comprar poco más de USD 13.000 millones, y en un escenario optimista podría alcanzar los USD 17.000 millones, según se planteó al inicio de la fase 4 del plan monetario.
La estabilidad cambiaria que busca el Gobierno tiene como objetivo primordial seguir disminuyendo el índice de inflación. Las consultoras y bancos que monitorea el Banco Central proyectan una inflación del 2% para julio y del 1,8% para agosto. Asimismo, prevén un Índice de Precios al Consumidor (IPC) del 29,8% para 2026 y un dólar a $1.652 para fines de este año.
En lo que respecta a la evolución inflacionaria, el grupo de analistas más precisos, conocido como Top 10, estima una inflación del 1,9 por ciento para el mes de julio.























