Según los datos de ProTejer, la actividad textil ha disminuido un 27% en comparación con el año anterior, las importaciones en este sector han aumentado más del 80%, y la utilización de la capacidad instalada es de alrededor del 30%. Galfione resaltó que siete de cada diez máquinas están inactivas y enfatizó que actualmente ninguna empresa del área puede considerarse rentable.
En este contexto, Galfione expresó sus reservas sobre la factibilidad de las propuestas del Gobierno, que proponen que todos los trabajadores puedan adaptarse a industrias totalmente diferentes, como la minera o la energética. Para evidenciar esta falta de viabilidad, utilizó un ejemplo concreto: una trabajadora textil de González Catán que, junto a otras mujeres, administra un taller y cuida a sus hijos, no tiene las condiciones ni la capacidad para desplazarse a trabajar en minería en el norte del país.
En una conversación con Futurock, el empresario destacó que el proceso de reconversión industrial en otros países requiere décadas de políticas sostenidas, mencionando que Corea del Sur necesitó 25 años para conseguirlo, mientras que Italia requirió 15 años de política industrial para consolidarse en el sector textil.
Refirió que el tamaño de la población argentina presenta desafíos que no son comparables con los de naciones vecinas, como Chile y Paraguay, que cuentan con poblaciones considerablemente más pequeñas. “Busquen un país de más de 35 millones de habitantes que sea desarrollado y que no tenga una industria pujante”, indicó en una charla con Ahora Play.
Esta crisis se caracteriza por una caída histórica en la actividad, un incremento en las importaciones y un Gobierno que plantea la reconversión de los trabajadores. Galfione afirma que el principal impulso detrás de esta crisis es la caída de la demanda, empeorada por una apertura comercial que, según él, no beneficia ni a los consumidores ni a los productores locales.
Señaló que entre el 80% y el 90% de los productos vendidos en los centros comerciales argentinos provienen del exterior, y que los precios de indumentaria y calzado, paradójicamente, son más altos que en otras ciudades del mundo, a pesar de que los productos ya no se fabrican localmente. “Las zapatillas ahora son de Vietnam, porque no se fabrica ninguna zapatilla más en la Argentina de las primeras marcas, y valen el doble que en Miami”, graficó.
Su análisis sobre la reducción de aranceles fue contundente: “Le bajamos los impuestos a los chinos. Sí hay política y es cobrarle menos impuestos a quienes viven a más de 20.000 kilómetros de la Argentina”.
Galfione considera que el problema no reside en la producción en sí misma, sino en la estructura de costos que impide la competitividad. En Argentina, el financiamiento industrial se obtiene a tasas del 40% o 50% anual, mientras que en otras partes del mundo esas tasas rondan el 3%. Esto, sumado a una inflación del 3% mensual —equivalente a la inflación anual en muchos países— encarece los costos en dólares mes a mes.
“Claro que somos más caros y todos los meses somos más caros”, reconoció, pero subrayó que el problema fundamental está en la cadena de comercialización: “Los impuestos más altos del mundo, infraestructura de transporte precaria, alquileres y tasas elevadas para compras en cuotas. Por eso una zapatilla fabricada en Vietnam cuesta en Argentina el doble de lo que vale en Miami”, concluyó.






















