La jornada estuvo atravesada por un contexto que se impuso en las conversaciones de pasillo: ese mismo día, el riesgo país llegó a 925 puntos básicos, su nivel más alto desde las elecciones legislativas de octubre de 2025, mientras los mercados todavía procesaban los resultados electorales de Estados Unidos y Brasil. En ese clima, los empresarios coincidieron en que las inversiones de mayor escala esperarán hasta 2028, cuando haya más certidumbre política, y en que el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) es, por ahora, la única apuesta concreta disponible.
El diagnóstico sobre el equilibrio macroeconómico fue casi unánime: el trabajo está hecho. “La macro ya está”, se escuchó en más de una mesa. El problema, sin embargo, es otro. La actividad no se recupera al ritmo que esperaba el sector privado y las últimas medidas anunciadas por el ministro Luis Caputo se consideran necesarias, pero insuficientes. La propuesta que más circuló fue impulsar la reactivación con más crédito, aunque ese estímulo tiene un límite claro si no se acompaña de un plan productivo integral y duradero, que trascienda gobiernos y partidos.
Entre los asistentes predominó la cautela. Las inversiones de mayor envergadura están en pausa y 2028 se repitió como horizonte: nadie quiere asumir compromisos antes de que el panorama político sea más claro. La actitud de esperar y ver, sostienen, no expresa desconfianza en el modelo actual, sino incertidumbre sobre lo que vendrá después. También se planteó la necesidad de establecer algún límite a las importaciones chinas y de que el Estado participe activamente en la definición de un plan productivo integral.
En medio de la parálisis general, el RIGI aparece como una excepción. Las empresas vinculadas con los proyectos del régimen ya reciben demanda concreta y, según se comentó en los pasillos, no hay señales de que esa tendencia vaya a revertirse. La confianza en que esas inversiones se concretarán es alta. La contracara, admiten, es que las empresas que no consigan incorporarse al RIGI difícilmente podrán sobrevivir.
Uno de los casos mencionados en un panel fue Tecpetrol, la petrolera del Grupo Techint, que anunció una inversión de 6.400 millones de dólares en petróleo y gas bajo el régimen. Javier Martínez Álvarez, vicepresidente del grupo y uno de los expositores del foro, sostuvo que el RIGI funciona porque “da certidumbre ante la incertidumbre”, precisamente lo que buscan las empresas en un contexto volátil. Según explicó, la lógica consiste en apostar por oportunidades “estructuralmente robustas” cuando el ruido externo e interno vuelve imposible planificar a partir de las condiciones generales. Diego Manfio, vicepresidente ejecutivo de Ingeniería SIMA SA y ejemplo de una pequeña y mediana empresa que creció dentro del ecosistema de Vaca Muerta, respaldó esa mirada: las compañías que no se reconviertan ni se incorporen a esa plataforma quedarán en desventaja estructural.
El índice de riesgo país de JP Morgan subió 80 puntos básicos durante la jornada y más que duplicó su valor en los últimos cuatro meses. Una parte importante del aumento se atribuye a la volatilidad externa —la guerra en el Estrecho de Ormuz, el cambio de poder en Washington y los resultados electorales de Brasil—, pero en los pasillos hubo quienes advirtieron que el riesgo interno no recibe suficiente atención. La clave, señalaron, está en la falta de candidatos opositores que aseguren la continuidad de los aspectos del modelo actual que sí funcionan. Esa ausencia abre la posibilidad de una ruptura del modelo, precisamente el riesgo que descuenta el mercado.
En cuanto al vínculo con Estados Unidos, prevaleció un tono cauto, aunque sin alarma. La interpretación fue que “la Argentina se metió en un circo que no es del todo propio” —el de las elecciones estadounidenses—, pero que el interés de Washington por el país va más allá de esas turbulencias, mientras la Argentina se consolida como proveedor seguro de energía. Según la visión predominante en el foro, el acuerdo comercial con Estados Unidos y el respaldo político de fondo se mantienen.
Esa lectura también se expresó desde el escenario. El viceministro de Economía, José Luis Daza, quien participó como expositor, descartó que el control demócrata del Congreso represente un riesgo real para la relación bilateral. “El interés de Estados Unidos por la Argentina trasciende totalmente al partido político que está. Esto es estratégico de mediano y de largo plazo”, afirmó. Sostuvo que el vínculo entre Washington y Buenos Aires no se basa en afinidades partidarias, sino en intereses concretos: la energía, el cobre, el uranio y los minerales críticos, que adquirieron un papel central en la disputa tecnológica global entre Estados Unidos y China.
El debate terminó en el punto de partida: la incertidumbre. El año próximo se perfila tan volátil y con la actividad tan contenida como el actual. No solo falta saber quién gobernará después de Javier Milei, sino también si habrá un sucesor, de cualquier espacio político, dispuesto a sostener los aspectos del modelo que generaron confianza. Por ahora, esa claridad no existe y el mercado lo percibe.























