Su principal ingreso es un subsidio mensual de 480 euros, una suma que, según cuenta, le alcanza para vivir en ese entorno. Su llegada estuvo precedida por una crisis personal y laboral. Durante años había ocupado cargos de responsabilidad, pero perdió la visión de un ojo y, en vez de recibir apoyo de la empresa, terminó despedido.
Pasó unos meses en Girona, donde vivía su hija, mientras se adaptaba a su nueva situación. En ese período, su hermano le habló del proyecto Reviu Solanell y lo puso en contacto con Saúl, uno de sus impulsores. La primera impresión fue desalentadora: llegó de noche y, al amanecer, encontró construcciones derruidas por todas partes.
“Pensé que mi hermano estaba rematadamente mal”, recordó sobre aquella primera visita. Regresó a la ciudad, aunque la propuesta siguió rondándole la cabeza. Finalmente decidió probar y, a los 52 años, se mudó a la montaña.
En una entrevista, Tomás explicó cómo administra sus finanzas y por qué, a su juicio, el dinero rinde de otra manera en el lugar donde vive. “Llegué aquí con 52 y ahora tengo 64. Es cierto que tengo el subsidio contributivo de 480 euros, con eso tienes que subsistir y haces mil cosas para hacerlo. Aquí es sencillo”, contó.
Luego explicó a qué se refería con esa afirmación, que puede sorprender en una región con un costo de vida elevado: “¿Por qué es sencillo? Por una cuestión muy simple: no tienes ningún bar ni historia en la que tengas que gastar. Te puedes manejar”.
De todos modos, aclaró que el subsidio no fue su único ingreso. Durante esos años hizo trabajos ocasionales en la zona. Su primera experiencia fue en el archivo comarcal, donde pudo investigar la historia del territorio, en particular la del antiguo vizcondado de Castellbó, y conocer a fondo el lugar que había elegido como hogar.
Con el tiempo, también cambió radicalmente su manera de mirar las construcciones abandonadas. “Tú veías una ruina… lo que haces es ver unas piedras que están llorando y otras que han dejado de llorar, que son las que se han reconstruido”, describió al explicar el vínculo que desarrolló con el pueblo. Sin formación profesional en albañilería, aprendió por su cuenta a restaurar viviendas.
Empezó con la ayuda de otras personas y siguió al pie de la letra una serie de tutoriales en plataformas digitales. El trabajo diario le permitió recuperar espacios que llevaban años deteriorados y participar de manera activa en el proyecto que busca devolverle la vida a Solanell.
Aunque no tiene vecinos permanentes, eso no significa que haya cortado sus vínculos con el exterior. Mantiene contacto frecuente con su hija, sus amistades y las personas que participan en la renovación de la comunidad rural. Define su decisión como una forma de vida consciente, no como una huida de la sociedad.
Para conservar esa autonomía, organiza sus compras, se ocupa del mantenimiento de su vivienda y se adapta a las condiciones de la montaña. Más de una década después de aquella primera visita, sigue apostando por un lugar que al principio le había parecido una locura.























