La derecha, por su parte, abjura de la historia científica, temerosa de que las pruebas históricas puedan incriminarla o destacar que existen alternativas viables a su narrativa. Prefiere sustituir el relato histórico por una memoria que es breve, engañosa y manipulada, que únicamente favorece sus intereses, desconectándose así de la verdad. Es crucial no confundir historia con memoria.
Se observa un notable déficit en el conocimiento histórico, tanto en la ciudadanía como en la militancia. No subestimo la utilidad de la memoria; es un auxiliar esencial de la historia, ya que mantiene vivos los acontecimientos. Sin embargo, la memoria es subjetiva y personal, lo que la hace altamente manipulable; no exige pruebas ni referencias, se basa en el deseo de narrar, y su relato depende del portador. La historia, en contraste, se establece a través de un proceso de certificación y validación, constituyendo la única fuente de legitimidad y autoridad que puede guiar el futuro. La política llevada a cabo sin historia es como navegar sin brújula, carente de rumbo y perspectivas.
En este sentido, la heurística, como ciencia de las fuentes, está atravesando una franca decadencia; resulta incomprensible en un tiempo donde lo efímero predomina, retratado muchas veces en solo 120 caracteres. ¿Fuentes? ¿Para qué? Este tipo de información es comúnmente reemplazada por una vaguedad que sostiene relatos construidos sobre medias verdades que apelan a la emocionalidad subjetiva, y que se propagan con fuerza en la opinión pública. Estos relatos, predominantemente impulsados por figuras del presente, tienen como objetivo erradicar la historia y relegarla a un segundo plano. Es imperativo restaurar la historia como una disciplina científica rigorosa y comprometida con la verdad.
Como decía un influyente intelectual, la derecha desea despojarnos de nuestra historia. Esto se puede observar en la invisibilización de la historia agraria del peronismo y el rol del latifundio en la violación de los derechos humanos. El peronismo se distingue como el único movimiento político en toda la historia argentina que ha elevado la lucha contra el latifundio al rango constitucional, convirtiéndola en una política pública efectiva, con resultados exitosos que se pueden observar en diversos aspectos. Este hito representa un momento culminante de nuestras luchas populares, y resulta evidente que quienes deseen revisar la historia acotarán su perspectiva para favorecer otras narrativas.
Hace un siglo, cualquier movimiento político de carácter popular, ya fuera socialista, anarquista, comunista, trotskista o peronista, consideraba fundamental la creación de publicaciones como diarios, semanarios o quincenales, además de la producción de libros por parte de sus líderes para fundamentar sus propuestas y llevar a cabo una correcta comunicación con la ciudadanía. La lectura, el pensamiento, el amor por la patria y el conocimiento de la historia eran pilares básicos para cualquier emprendimiento político que aspirara a ser exitoso. Se valoraba la importancia del conocimiento y de la argumentación, siendo esencial que los dirigentes se instruyeran adecuadamente para representar adecuadamente los intereses de sus seguidores. Hoy, a través de las redes sociales, cualquier persona, sin la necesidad de poseer conocimientos sólidos, tiene la posibilidad de dirigirse a un público amplio, expresando cualquier opinión sin ser cuestionado o aportar evidencia. Un claro ejemplo de esto es el actual Presidente de la República, quien ilustra cómo los discursos pueden ser vacíos y desinformados. En esta nueva era, los reels y otras formas de contenido breve han sustituido a la historia y a la formación política, y todo parece leerse en clave de epigrama; se discute de manera superficial y sin un análisis profundo. Este problema no es exclusivo de los jóvenes, como se suele argumentar; se manifiesta en todas las generaciones, donde la lectura es escasa, la evidencia se ignora y las sentencias se emiten sin considerar la realidad.
Además, la situación que enfrentamos no es exclusiva de Argentina, aunque nos impacte de manera particular. Una entrevista realizada por un periodista noruego a un destacado economista estadounidense revela el alcance extendido y devastador que tiene la ignorancia histórica en el mundo occidental y cristiano. Este economista indicó: “Coincidimos en que la memoria debe servir a las realidades y a la historia del presente y, sin embargo, si cuestionamos las bases de cómo las personas ven el mundo, estas hacen lo posible por ignorarlo para aferrarse a su percepción de la realidad”. La memoria puede ser absolutamente manipulada por los grandes medios y las redes sociales. Wolff, en la misma conversación, plantea que, si se preguntara a estudiantes de Estados Unidos quién ganó la guerra de Vietnam, la mayoría respondería que fue EE. UU., no por estar informados, sino por la creencia general de que “América” siempre gana mientras los demás no lo hacen. Históricamente, se han fabricado relatos a medida y se han distorsionado los hechos en beneficio propio.
La historia de Ucrania proporciona un espejo en el que Argentina debe reflejarse. La incorrecta memoria, o la ausencia de ella, abre las puertas a la ultraderecha. Hacer política sin apoyo histórico significa tropezar repetidamente con la misma piedra, y Argentina tiene suficientes experiencias dolorosas al respecto. Ejemplos como Martínez de Hoz, Cavallo, Machinea, Caputo y Sturzenegger son solo algunos de los nombres que demuestran cómo la falta de atención a la historia ha llevado a decisiones perjudiciales.
La falsificación de la historia del peronismo, la minimización de sus logros y la exclusión de las medidas que implementó son estrategias fundamentales para que la derecha pueda desgastar y fragmentar el movimiento nacional y popular desde adentro. Caminamos, lamentablemente, hacia una balcanización similar a la de Ucrania o la anterior Yugoslavia. El peronismo se presenta como la única garantía política que puede evitar esta disgregación de nuestra patria, lo que explica el interés de ciertos sectores en transformarlo nuevamente, como sucedió en la década de 1990, en un partido que apoye el ajuste neoliberal. Néstor y Cristina Kirchner vinieron a rescatar ese legado.
Para que este proyecto se lleve a cabo de manera exitosa, es necesario que se desconozca o distorsione la historia. Con el mismo estilo utilizado en Ucrania, podríamos ver en cualquier momento a Menem o Isabelita declarados como héroes nacionales, mientras que aquellos que realmente lucharon por la liberación nacional como Cooke, Walsh, Mujica, Ortega Peña, Razetti, Lezcano, Lucero, Gelman, Paco Urondo y tantos otros, podrían ser descalificados como zurdos o infiltrados progresistas. Es tiempo de que el peronismo antioligárquico crezca, recupere su autoestima y deje de generalizar el término peronismo; es necesario nombrar las cosas adecuadamente. La confusión y los eufemismos deben desaparecer. Ha llegado el momento de restaurar el dominio de la verdad histórica, que debería ser “la maestra de la vida”. La historia es un vasto campo de batalla donde tanto el historiador aséptico como el periodista independiente no encuentran lugar, pues todo se convierte en una construcción teórica del poder que rara vez se verifica en la práctica.
El historiador honesto actúa con objetividad ante los hechos, pero su interpretación siempre estará a favor de su perspectiva y la manera en que sitúa el contexto en la escala de valoración pública. Siempre debe respetar el marco en el que opera y tratar de contextualizar el hecho en el lugar que considere más pertinente. En esta casuística, la militancia honesta y válida se manifiesta. No hay justificación ni causa que explique el daño moral y material que se causa en una sociedad cuando se falsifican hechos históricos o se retransmiten de forma distorsionada hasta hacer que desaparezcan. En esta labor tan innoble, no se puede subestimar a la derecha peronista, que siempre se muestra dispuesta a colaborar con los poderosos. La alerta debe ser constante; nos enfrentamos a un proyecto siniestro que persigue la captura y construcción de una nueva subjetividad con el propósito de destruir nuestra conciencia nacional, fragmentar a Argentina y saquear nuestros recursos naturales. Intentar asesinar a una figura clave del peronismo o encarcelarla es solo una parte del plan; la segunda parte se definirá en las internas del peronismo, que es el único movimiento capaz de asegurar la unidad política y territorial de lo que aún se llama Argentina.























