La revelación sobre mi condición llegó tras leer un artículo de 2004 que hablaba sobre el autismo. De repente, ese diagnóstico parecía encajar mejor que cualquier otro. La sobrecarga sensorial, las obsesiones intensas, las dificultades sociales y la necesidad de uniformidad eran pruebas de que mis otros diagnósticos probablemente eran respuestas a las características intrínsecas de mi neurología.
Este fenómeno no es único; más del 50% de quienes obtienen un diagnóstico también encajan con otro a lo largo de su vida. Aquellos que desarrollan un trastorno desde una edad temprana son más propensos a experimentar múltiples condiciones. Las investigaciones indican que los riesgos genéticos relacionados con trastornos mentales trascienden categorías específicas: por ejemplo, si un padre biológico padece depresión, su descendencia puede no solo tener un mayor riesgo de ese diagnóstico, sino también estar predispuesta a trastornos de ansiedad, autismo o esquizofrenia. También es cierto que algunos diagnósticos pueden ser erróneos.
La alta incidencia de diagnósticos coexistentes, conocida como comorbilidad, plantea interrogantes sobre el uso del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) en la psiquiatría. A diferencia de otras disciplinas médicas, los diagnósticos en salud mental no siempre delimitan patologías específicas. El exdirector del Instituto Nacional de Salud Mental, Thomas Insel, comparó el diagnóstico psiquiátrico con diagnosticar un “trastorno de dolor en el pecho”, sin distinguir si se trata de un infarto o acidez estomacal. Es necesario contar con un sistema más preciso.
Los expertos en psiquiatría están revisando el DSM, preparando una nueva edición que prioriza la mejora del proceso diagnóstico. Un enfoque propuesto es analizar las similitudes entre trastornos en lugar de las diferencias. Algunos investigadores sugieren que un factor común podría ser responsable de la mayoría de las enfermedades mentales. Avshalom Caspi, profesor de psicología en la Universidad de Duke, se refiere a esto como “factor p”, en alusión a psicopatología.
Uno de los candidatos a ser considerado “p” es el trauma infantil, pues está asociado a un aumento significativo en el riesgo de diversas afecciones psiquiátricas, desde ansiedad hasta esquizofrenia. Otra posible causa son los genes que impactan el desarrollo cerebral; un estudio reciente encontró que personas con ciertos genes que fomentan conexiones excesivas en las regiones frontales del cerebro tienen una mayor propensión a trastornos mentales.
A veces, el “p” puede no estar vinculado a una causa común, sino más bien a cómo los síntomas de un trastorno pueden generar angustia adicional. En mi experiencia, mis diagnósticos a menudo interactuaban entre sí; mis dificultades sociales y hipersensibilidad provocaron acoso escolar, lo cual intensificó mi depresión. Esta depresión y el aislamiento también contribuyeron a mi adicción a las drogas, posiblemente como resultado de tener un cerebro altamente conectado.
Mientras algunos investigadores debatieron sobre cómo reescribir el DSM, otros han desarrollado alternativas que consideran la intersección de los síntomas. Una de estas propuestas es la Taxonomía Jerárquica de la Psicopatología (HiTOP), que clasifica los trastornos en función de síntomas compartidos. Por ejemplo, el espectro “internalizante” abarca síntomas de ansiedad, depresión y angustia emocional, mientras que el espectro “externalizante” se relaciona con la impulsividad y comportamientos de riesgo.
HiTOP también sostiene que las enfermedades mentales no son simplemente un interruptor que se enciende o apaga, sino que los síntomas existen en un continuo. En este modelo, una persona puede presentar rasgos obsesivos sin que sean incapacitantes, o puede exhibir síntomas severos en un contexto específico, lo que evitaría la necesidad de múltiples diagnósticos. Este enfoque facilita la comprensión de cómo los síntomas y las condiciones pueden evolucionar con el tiempo.
Esos esfuerzos, como HiTOP, no reemplazarán al DSM en el corto plazo, pero podrían aportar una mejor comprensión de las causas de los síntomas y de sus interacciones. En el ámbito de la psiquiatría, los diagnósticos son más que simples etiquetas técnicas; son vías para ayudar a los profesionales en el tratamiento y en la autocomprensión de los pacientes. Conocer que los problemas tienen manifestaciones específicas que pueden ser tratadas adecuadamente puede ser crucial en la recuperación.
Para mí, descubrir que formaba parte del espectro autista fue un gran alivio. Todas mis peculiaridades finalmente cobraron sentido. Para muchos, un diagnóstico permite dejar de lado la autocrítica y enfocarse en los rasgos que son disfuncionales, mientras que se aceptan aquellos que son inofensivos o incluso positivos. Sin embargo, hay quienes consideran que estos diagnósticos pueden convertirse en cadenas que obstruyen su camino hacia una vida plena. Cualquiera sea el enfoque —DSM, HiTOP o el que surja—, es fundamental comprender la complejahumana en las respuestas a los temperamentos y experiencias, reconociendo además que una misma etiqueta puede ser tanto un veneno como una panacea, dependiendo de su uso.





















