Primero, es importante observar el panorama global. El crecimiento poblacional muestra señales de desaceleración. En diversas regiones, la tasa de natalidad se encuentra por debajo del nivel de reposición, lo que provoca un envejecimiento de la población y, en ciertos casos, una pérdida de habitantes. Países que anteriormente impulsaron la demanda, como China, ya no crecen a los mismos ritmos y gran parte de su mejora en términos de calidad nutricional ha sido alcanzada. Esto, en definitiva, se traduce en una menor demanda de alimentos.
Por otro lado, la producción agrícola está incrementándose a un ritmo superior al del consumo. A nivel mundial, las cosechas de los principales cultivos —maíz, soja, trigo, arroz— están aumentando año tras año a tasas que superan la demanda. Esta situación refleja los precios actuales del mercado.
En este contexto, dos grandes productores de maíz y soja, Brasil y Estados Unidos, que son competidores de Argentina en el suministro global, buscan desarrollar un mercado interno a través del uso de granos para la producción de biocombustibles. Ambos países tienen a China como su principal cliente para la soja, lo cual genera preocupaciones en sus sectores agrícolas debido a la alta dependencia de un único comprador.
Por ello, están promoviendo el uso de aceite de soja para la producción de biodiésel y diésel renovable, destinando más aceite a este fin que a la utilización culinaria. Para ilustrar esta dinámica, en 2008, Brasil y Argentina utilizaban unas 800.000 toneladas de aceite de soja para producir biodiésel, mientras que para 2025, Brasil proyecta llegar a 7,3 millones de toneladas, y Argentina apenas a un millón. En Estados Unidos, el uso de aceite de soja también ha crecido, pasando de 1,5 millones de toneladas en 2008 a una estimación de 8 millones para 2027.
Al procesar más soja, se retira oferta del mercado global, lo que permite ofrecer como principal subproducto la harina proteica. Argentina ha sido y sigue siendo el mayor exportador de este subproducto a nivel mundial, al igual que en el aceite, pero su liderazgo está en riesgo, enfrentándose a la competencia de Brasil y Estados Unidos, cuyos enfoques de biocombustibles son parte de su política agrícola. La harina de soja brasileña y estadounidense ya está empezando a desplazar a la argentina en algunos mercados.
Existen dos sectores clave vinculados al biodiésel: aquel relacionado con la industria aceitera, que ha desarrollado grandes plantas orientadas a la exportación, y otro enfocado en la ley de promoción 26.093, que cuenta con plantas de mediana escala dedicadas al mercado interno. Sin embargo, el proteccionismo implementado por la Unión Europea, Estados Unidos y otros países que siguen su ejemplo ha hecho que las exportaciones argentinas se reduzcan drásticamente, pasando de más de 1,6 millones de toneladas en 2016 y 2017 a solo 280.000 en 2025.
Adicionalmente, hay alrededor de 30 plantas que abastecen el mercado interno, con numerosas pymes en todo el territorio agrícola que producen el aceite crudo de soja necesario para la elaboración de biocombustible, sustentadas por miles de productores que proveen la materia prima.
La responsabilidad de los legisladores debe ser lograr un equilibrio entre ambos sectores, preservando el ecosistema productivo actual, promoviendo generación de empleo a través del agregado de valor y cuidando la sustentabilidad económica de los productores rurales y sus familias. En este sentido, hay una cuestión crucial que el proyecto oficial parece pasar por alto: es esencial incrementar el corte de biodiésel y bioetanol al 15% como mínimo. Esto también permitiría alinear a Argentina con la principal economía del Mercosur, Brasil, con quien se revalidó un acuerdo comercial con la Unión Europea.
El corte de biodiésel al 10% y la exclusión de empresas no integradas, como plantea el proyecto oficial, serían inaceptables para el desarrollo armónico del sector rural. El mismo enfoque que se promueve para el bioetanol, que busca armonizar el sector cañero y el maicero, debería aplicarse al biodiésel.
No se trata de innovar, sino de observar qué están haciendo nuestros competidores. “Agrandar la torta” es la clave para reabrir grandes plantas productoras de biodiésel y garantizar la continuidad de aquellas que actualmente destinan su producción al corte, evitando despidos.
Duplicar el corte actual con biodiésel, retirando la oferta mundial de aceite, contribuirá a mantener el precio y potencialmente incrementar la competitividad de la harina, lo que eventualmente se traducirá en mejores precios para el productor argentino. Este es el camino que los legisladores deben visualizar al momento de votar.






















