Existen personas que parecen vivir sin depender de los demás y evitan involucrarse en problemas ajenos, mientras que hay quienes se sienten impulsados a ayudar a otros en cualquier momento. Aunque la reciprocidad puede ser positiva, en ciertos casos este comportamiento puede convertirse en un inconveniente, revelando aspectos de la personalidad. La psicología ha investigado las motivaciones de quienes intentan resolver los problemas de otros y los especialistas coinciden en que su deseo de ayudar no se limita a la solidaridad; hay un componente de búsqueda de control y miedo al rechazo que puede estar relacionado con experiencias de la infancia. ¿Qué revela la psicología sobre estas personas? Aquellos que sienten la necesidad compulsiva de resolver los inconvenientes de otros suelen mostrar características asociadas al síndrome del salvador, donde la urgencia de ayudar esconde motivaciones emocionales más profundas y patrones de conducta adquiridos. Desde el ámbito de la psicología se señala que algunos “ayudan tanto que no dejan a los demás ser autónomos ni independientes, mientras que a su vez ellos mismos se sacrifican tanto que descuidan sus intereses, deseos y voluntades. Su ansia por ser salvadores de los demás cae en lo patológico”. Además, quienes continuamente buscan solucionar los problemas ajenos con frecuencia provienen de una infancia en la que aprendieron a asumir responsabilidades desmedidas, a cuidar de otros o a mediar en conflictos familiares para preservar la seguridad. Esta situación les hace pensar que su única fuente de valor personal radica en ser útiles; consideran que solo merecen cariño si resuelven problemas ajenos, lo que les lleva a buscar control y evitar su propio dolor, alimentando un temor al rechazo o abandono. Este enfoque les permite postergar o ignorar sus conflictos y sufrimientos personales. ¿Cuáles son las consecuencias de intentar resolver constantemente los problemas de los demás? Los expertos apuntan a diversas consecuencias negativas: agotamiento emocional, ya que aquellos que asumen este rol suelen experimentar fatiga crónica, frustración y vacío al descuidar sus propias necesidades; invalidación del otro, dado que al solucionar todo, limitan la capacidad del otro para desarrollar su autonomía; y dinámicas de dependencia, que generan relaciones desequilibradas donde los demás se acostumbran a no asumir responsabilidades.
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Nº Edición: 75























